lunes, 12 de octubre de 2015

Entrevista que me realizó Alfred Hopskin


martes, 6 de octubre de 2015

Martha Alicia Lombardelli: autora de "La laguna de los juncos y otros relatos"

“Cada vez que salíamos a cabalgar terminábamos alrededor de la laguna. En dos años que estuve viviendo en esa chacra siempre la vi calma, serena, mansa…Lo que me impresionaba era el color sombrío que esa calma tomaba cuando el sol se ponía en el horizonte.”
De ese modo Martha Alicia Lombardelli comienza el relato “La laguna de los juncos,” que forma parte de una colección de narraciones que lleva el mismo título. Ella presentó el libro, publicado por Vientosur, en el recientemente concluido IX Encuentro Hispanohablante de Narradores y Poetas, realizado en Bialet Massé, Cordoba, Argentina.
Narra con una prosa despejada, clara, con recursos poéticos y las historias exhiben personajes bien dibujados que luchan con desencuentros, amores resbalados, el horror y el sufrimiento de la dictadura militar de mediados de la década ’70, con imágenes inspiradas en el entorno de cada historia, con introspecciones salpicadas de filosofía; escribe siempre con aprecio hacia el lector.
Jaquematepress se acercó a Martha, que además de escritora es  licenciada en filosofía, para charlar sobre su libro y el proceso de creación literaria.
--“La laguna de los juncos” se relaciona con un libro anterior, “Cuentos, sueños y poesías” que escribí con textos sobre el Proceso, y los temores que despertaba, pero también sobre aspectos agradables de la vida. No me preocupaba tanto por lo formal sino en narrar y narrar y narrar. No obstante eso, cuando lo publiqué y comenzó circular entre amigos y amistades yo vi que era valorado, sin haber llegado todavía a las librerías. Entonces, cuando pienso escribir otro libro empecé a estudiar y capacitarme cada vez más, ya en lo literario. Empecé a escribir literatura y a buscar  las herramientas del escritor y preocuparme no solamente por el contenido sino también por la forma.
--Se nota en “La laguna de los juncos” y en varios de sus cuentas su formación en filosofía…
Sí, me han hablado de eso, de los aspectos filosóficos o existenciales. Es que yo empiezo algo y no sé cómo va a terminar. Es bastante azaroso, no saber cómo va a terminar un cuento pero “La laguna de los juncos” es una vivencia sobre mi juventud, cuando tenía veinte años, algo así. Los chicos en el campo, paseos de todos los días, cosas así, y también hechos posteriores.
--Con una mano inspirada que organiza los sucesos…
--No siempre pasa eso porque he hablado con escritores que dicen que tienen todo planificado previamente. Y hasta el final. Pero Usted seguramente se dará cuenta que mis finales son abiertos.
--Para concluir esta conversación: ¿En su opinión qué representa su literatura?
--En el libro está eso. Yo escribo para para relacionarme con los demás, para los lectores, las amistades.
Leer los cuentos de Martha es hacer un recorrido, observando el mundo y los personajes que protagonizan las acciones en los cuentos con un ojo que observa con gran precisión; ella estructura los cuentos con un lenguaje depurado y cautivante. 

miércoles, 16 de abril de 2014

lunes, 28 de octubre de 2013

Experiencia intransferible



      La puerta estaba entreabierta , la empujé y entré. Como todos los días, la mezcla de olor a remedios y detergentes me provocó un mareo que sólo duró el tiempo necesario para habituarme. La ventana tenía las cortinas bajas para que el paciente descansara: silencio y poca luz. Apenas di unos pasos, José abrió los ojos y me miró. Al hacerlo creí notar cierto alivio en su rostro. Me acerqué sonriendo y le besé la mejilla.
– ¿De dónde venís? – preguntó.
–De la oficina. Se me hizo tarde y no pude traerte el remedio. Además, me parece que no tendrías que tomar algo si no te lo recetaron.
–No me jodas, Negrita. Dejame administrar mi propia muerte.
Me suena tan extraño eso que decís. Pero, bueno,  no traje el remedio. Cuando salí del trabajo estaba todo cerrado. Pero no te preocupes, ahora cuando abran las farmacias voy a buscarlo.
–Está bien –se quedó pensando y luego continuó – Hoy vino la vieja. Estuvo hablando con Carlitos. Me contó que él le había dicho que yo tenía una enfermedad grave.
      Pensé en su madre. ¡Pobre Lola! Que el psicólogo del hospital y amigo de su hijo le hablara de la gravedad en que estaba, debe haber sido fuerte. Me pregunto por qué lo habrá hecho. Como psicólogo, -supuse- Carlitos habrá querido prepararla. Lola se resistía, es más, se negaba a preguntar. Era su único hijo y -según me había contado en una tarde lejana de confesiones-, ella lo había concebido después de varios años de casamiento.
– ¿Vos qué le dijiste que tenías? ¿No le habrás dicho la verdad?
– ¡No! Solo le dije que no tenía una gripe fuerte –respondió con tono irónico. Yo admiraba su tendencia a la ironía. Me parecía que era muestra de un intelecto superior.
– ¡Menos mal! ¡Pobre mujer, no creo que pueda resistir! Pero de algo estoy segura: si no lo sabe, lo intuye.
–En este momento, Negrita, con la única persona que puedo hablar es con vos.
–Sí, lo sé. A mí también me jode lo que te pasa. Si a vos te hace bien que yo venga…
– ¡Claro que me hace bien! Hoy vinieron unos parientes que no conocés y me preguntaron si podían rezar por mí.
– ¿Y?
–Les dije que si querían hacerlo, que lo hicieran. Yo no tenía problemas.
      Mientras hablaba, noté que su piel estaba más amarillenta. La frente,  nariz y las mejillas hundidas le daban un aspecto cadavérico.Tenía menos pelo, su barba encanecía por sectores, sus ojos perdían brillo…
–No me puedo quedar mucho; hoy me toca dar clases en la Facultad.
– ¿A qué hora volvés?
–En cuanto me desocupe. Mañana es feriado, si querés vengo con un libro y leemos. ¿Te gustaría? Si no querés, no hay ningún problema.
–Como vos quieras negrita. Me jode no poder escribir. Justo ahora que me estaba yendo bien con lo que escribía… ¿Le pediste a la vieja lo que te dije? Decile que te dé los papeles que tengo en la valija. Me gustaría que leyeras los cuentos que me publicaron.
– ¡Sí!... ¡Sí! Los voy a leer. No te preocupes, apenas pueda hablar con ella, le pido que me los dé.
–Te van a gustar, estoy seguro.
      ¡Cómo decirle que su madre estaba tan mal  justamente a él que tenía los días contados! Miré por la ventana del dormitorio. Era un primer piso y el sol iluminaba la vereda de enfrente. En septiembre los días son neutros: ni calor ni frío. Son como esperas entre horas muertas. Horas en las que no se sabe qué decir. Trataba de encontrar un argumento que justificara mi retirada por ese día. Tenía la certeza de que podía leer o adivinar mi pensamiento si imaginaba que mañana no estaría vivo.
– Bueno, me voy. ¡Hasta mañana! –le di un beso en la mejilla y me fui sin darme vuelta.
      A la madrugada del día siguiente pasaron Lola y su amiga Elsa por mi casa. Vinieron a traerme la dirección de la funeraria donde lo velarían. Como una autómata me oí decir:
–Vayan ustedes que termino de vestirme y estoy allá.